Marina sigue caminando. No espera. Sigue adelante. Aunque sea ella sola. Va a seguir adelante hasta que no pueda dar un paso más, hasta que caiga rendida y tenga la certeza de que, a pesar de todo, el horizonte sigue quedando lejos. Va a seguir hacia adelante aunque sea lo último que haga. Porque se lo merece. Se merece seguir caminando. Se merece darse mil doscientas cincuenta y tres oportunidades al día, fallarlas todas, y aún así seguir sabiendo a ciencia cierta que está haciendo algo por sí misma. Que está dejándose la piel por ser quien quiere ser, y no quien los demás consiguen que sea. Aunque se deje las rodillas en carne viva de tanto caerse. Desollándose las manos para levantarse, una y otra vez. Porque no hay males que duren más que ella.
Silvia. Un soplo de aire cálido en medio de una tormenta gélida. Silvia y su risa, su manera de hacer que hasta el mayor de los problemas sea pura nimiedad. Silvia y sus ganas de caminar. Sus ganas de correr, de descubrir el mundo que las rodea y se empeña en hacerse cuesta arriba. Pero no importa. Marina sabe de sobra que no le faltan ganas de enfrentarse a lo que sea que se le venga encima. Silvia y su piel de porcelana, la vacuidad auditiva de su primer contacto, su cintura de vértigo, la suavidad de sus caricias, lo aterciopelado de su tacto. La inocencia primitiva de los primeros pasos, la musicalidad de su voz, la lucidez de sus palabras, la atenta paciencia de su escucha. Como si se fuera a acabar el mundo de no hacerlo. Silvia y sus sinestesias de tinta donde se deja hasta lo más profundo de sí misma, lo que ni siquiera sabía que podía contener un recipiente que en alguna ocasión quiso vaciar. Sus rimas en plena prosa. Su forma de leer a Marina en susurros porque sabe que aunque grite, no le gusta alzar la voz más que para unos pocos.
Silvia y sus ganas de comerse el mundo.
Y Marina con ella.
jueves, 3 de mayo de 2012
jueves, 19 de abril de 2012
Asfixia
No puede respirar. Le han quitado la bombona de oxígeno cuando estaba en la puta cima. Y sin ella, ya no hay aire. Ya no queda ni una sola molécula para saciar sus pulmones. Han agotado hasta la última gota, y ahora se aplastan sus paredes entre sí, y el alquitrán actúa como pegamento, adheriéndolas, uniéndolas como no lo habían estado nunca. Y ella se asfixia. No sabe caminar. No puede dormir. No sabe qué sentir. No sabe qué hacer. Ha perdido toda la seguridad que tenía sobre cosas de lo más básico, como su nombre. No sabe quién es. No puede seguir adelante. Ha llegado un punto en que lo único que puede hacer es derramarse sobre la almohada y ansiar cerrar su estómago con todas sus fuerzas, para hacerse tan pequeña que pueda hasta desaparecer. Quiere llenarse sólo de nicotina y esperar a que no vuelvan las sonrisas. Sus sonrisas.
Si pudiera retroceder en el tiempo volvería a empezar de cero, cuando aún tenía oxígeno en la cima y ella le escribía sobre jazz. Sobre niñas con la sonrisa bonita. Ese momento justo en el que podían comerse el mundo. Ese momento que parecía que iba a durar para siempre. Pero está claro que no.
La verdad es que no sabe nada. No le queda ni una sola convicción. Es una putada ser consciente de que la mayor parte de sus convicciones giraban entorno a una sola persona que, por el simple hecho de ser persona, es inestable. La relación que puede haber entre dos seres inestables que pujan por sobrevivir no puede tener ningún tipo de futuro. Ve parejas de octogenarios, que han pasado la mayor parte de su vida juntos, y se pregunta en qué momento pasamos a reciclar lo que se rompe. Ellos han pasado por cosas que los demás nunca vivirán. Los demás se contentan con agarrarse con uñas y dientes a su patética existencia, intentando buscar algo que les haga seguir adelante. Ella lo sabe. Y sabe también que no se basta como motivo para seguir adelante. El instinto de supervivencia es el peor de los inventos.
Si pudiera retroceder en el tiempo volvería a empezar de cero, cuando aún tenía oxígeno en la cima y ella le escribía sobre jazz. Sobre niñas con la sonrisa bonita. Ese momento justo en el que podían comerse el mundo. Ese momento que parecía que iba a durar para siempre. Pero está claro que no.
La verdad es que no sabe nada. No le queda ni una sola convicción. Es una putada ser consciente de que la mayor parte de sus convicciones giraban entorno a una sola persona que, por el simple hecho de ser persona, es inestable. La relación que puede haber entre dos seres inestables que pujan por sobrevivir no puede tener ningún tipo de futuro. Ve parejas de octogenarios, que han pasado la mayor parte de su vida juntos, y se pregunta en qué momento pasamos a reciclar lo que se rompe. Ellos han pasado por cosas que los demás nunca vivirán. Los demás se contentan con agarrarse con uñas y dientes a su patética existencia, intentando buscar algo que les haga seguir adelante. Ella lo sabe. Y sabe también que no se basta como motivo para seguir adelante. El instinto de supervivencia es el peor de los inventos.
martes, 17 de abril de 2012
Alea iacta est
¿Sabes quién eres?
¿Sabes quién eres al margen de ti?
¿Sabes quién eres contigo?
Es todo mental. Todo lo que nos duele, lo que nos afecta, lo que nos hiere. Todo lo que nos hace felices y todo lo que nos hunde hasta lo más profundo. Lo bueno de estar abajo es que llega un punto en que sólo puedes subir. Lo bueno de estar abajo es saber apreciar cada tirón que alguien pega de ti, y cada tirón que pegas de ti misma. Sobre todo los últimos.
Noto un vacío. Es como un hueco, uno parecido al que deja el hambre. Es un dolor penetrante que no se sacia con facilidad. Es un remolino, un agujero negro. Ausencia total de materia, cementerio de elefantes. Es en el punto justo donde va a morir cada pequeña ilusión que te habías creado con cualquier adverbio que incitaba a la temporalidad.
Estás en stand by.
Todo es mental.
Pero sigue sin haber males que duren más que yo.
Etiquetas :
existencialismo,
vida
Suscribirse a:
Entradas (Atom)